Juanito
Juanito.
Hay en la esquina una sombra que no necesita presentarse, porque precede a la cautela de todos. Juanito Alimaña no es un hombre, sino un hábito del barrio, la prueba viviente de que en la selva de cemento la justicia suele ser un trámite burocrático que se resuelve entre caimanes del mismo pozo. Tite Curet Alonso, sabio observador de las miserias cotidianas, no inventó al personaje, simplemente le puso nombre a esa costumbre latinoamericana de mirar para otro lado cuando el peligro camina despacio por la acera.
Como escritor que recorre a diario estas calles de Valencia, uno reconoce a ese personaje al instante. No hace falta irse muy lejos; basta con sentarse a ver pasar la tarde en cualquier barriada nuestra para entender que los Juanitos de la vida no cambian de maña, solo de dirección. A los hombres de nuestros sectores no les asombra la maldad del tipo, sino su impunidad. Saben que tiene un conocido en la policía y que se acomoda siempre al sol que más calienta. Por eso el vecindario calla, porque entiende una verdad antigua, que para sobrevivir a estos guapos no hace falta más que valor y por supuesto una memoria corta. Hay un instante genial en la historia cuando Juanito asegura venir del velorio de Pedro Navaja, uniendo en una sola frase a las leyendas del hampa que también caminan por nuestra memoria urbana.
Pero la historia se quedaría en el libreto si no fuera por la voz de Héctor Lavoe. Lavoe no canta desde la tribuna del moralista que juzga desde lejos, sino con la soltura de quien se ha cruzado a esos tipos mil veces. Su timbre tiene esa mezcla justa de picardía, tristeza y calle; una forma de decir las cosas donde la ironía parece la única defensa posible contra la fealdad del mundo. Al final, quien escribe desde el barrio comprende que el verdadero mérito de Héctor no fue cantar la desgracia de la calle, sino convertirla en una música tan hermosa que nos permite bailar.
Por: Luis Gonzalo Guerrero.
Comentarios
Publicar un comentario